Columnistas // 2021-02-14
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A todxs lxs que amé
En este San Valentín, no podía no nombrar a todos esos amores fallidos que me enseñaron, para bien o para mal, los preceptos básicos para sobrevivir en la vida, más los regalos que fueron dejando.

Foto: Food & wine magazine

[22:37, 8/2/2021] Geraldine: Se me fue el romanticismo

[22:37, 8/2/2021] Geraldine: Devuélveme la esperanza

 

Un desafío interesante, pero extremadamente complicado. ¿Cómo devolver la fe en romanticismo, cuando lo único interesante en que pienso ante esa palabra es Eugene Delacroix, Frankenstein y Goethe?

No voy a mentir, no puedo devolverles la esperanza en las serenatas, los poemas y el chocolate-que dicho sea de paso odio, excepto cuando estoy por menstruar-pero puedo contarles una historia sobre el amor y cómo después de una década en el dating game decidí renunciar al amor romántico.

 Mi primer amor fue un chico que conocí por Facebook. Fue mi primer beso y a quien culpé muchos años de mi incapacidad de vincularme emocionalmente. Fui una ventana más en su casilla de Live Messenger-sí, todavía se usaba en 2010. Hace diez años está en pareja con la misma chica que me negó todo el tiempo que hablamos.

A raíz de este desamor decidí cambiarme de colegio, y entré a un instituto con la peor calidad humana, pero que se compensaba con un muy buen nivel educativo. Gracias, primer amor de Facebook por fallarme estrepitosamente. Gracias a vos aumenté mi capital intelectual exponencialmente.

Mi primer año en el colegio nuevo. Comencé a hablar por teléfono con un chico que vive en Buenos Aires. Breve romance telefónico-virtual. Lo único que recuerdo es que tenía "I’d lie" de Taylor Swift como ringtone cuando sus llamabas entraban, y mi corazón se aceleraba al escucharlo. Lo siento por su mamá, que tenía que pagar las llamadas de dos horas de larga distancia.  Nada que destacar, nos conocimos al año siguiente, y qué generosos los filtros de CamWow.

En 2012 comenzó todo con mi novia, de quien he hablado previamente aquí, mi casa está llena de poemas para ella, hasta en el cajón de mis medias. Con ella también salió mal, más por cuestiones ajenas que por propias. Sin embargo, sí aprendí un par de cosas bastante importantes: revisar el teléfono de tu pareja y que ella revise el tuyo no es confianza, hay una fina línea entre el amor y la obsesión, y nada que sientas desde los 13 a los 19 está libre del sesgo hormonal de la adolescencia.

En el 95% de los casos, el amor adolescente nos hace hacer estupideces en pos de mantener algo que se parece a lo de las películas, pero versión berreta, porque claramente no somos Rachel McAdams ni Ryan Gosling. Por estupideces me refiero a perder peso por recomendación de la pareja, hacerse o no un cambio estético para gustarle más o incluso tallarse la inicial de esa persona en el brazo-literalmente.

Gracias, R, por la poesía, y sobre todo por aprender conmigo la diferencia entre la pasión y la insanidad.

Un año después de mi caótico romance lésbico, comencé a salir con un chico de mi colegio-para saber cómo terminó la historia con R, pinche aquí-y estuvimos juntos un par de meses. De esa relación no me quedó nada interesante, para ser sincera, más que alguna que otra habilidad sexual y un disco de los Beatles.

Novio un año más joven del colegio, gracias por la música y las cartas en inglés en las que dibujábamos poses sexuales.

Era 2014, enero o febrero. Leí por primera vez “Bajo la misma estrella”, y al mismo tiempo conocí por internet a un chico. Mi primer San Valentín acompañada, fuimos a Starbucks con él y su amiga. Mi primera relación con un neurótico. Años después, la historia se repetiría con “Ciudades de papel”, pero ahora podíamos ser Margo y Quentin, porque Hazel y Augustus tenían cáncer, y nosotros no. En fin, planeábamos huidas en su auto y vidas en otros lugares, porque nuestras vidas eran horribles. Creo que me bloqueó hace años.

Quentin de ciudad chiquita, gracias por mostrarme Jimmy Eat World y darme un falso atisbo de rebeldía.

Voy a saltar dos o tres personas que, siendo sincera fueron nobles, pero no me enseñaron absolutamente nada. Aunque…

Había un chico en un pueblito de Buenos Aires con el que hablé mucho tiempo, por Facebook y por teléfono. En 2015 se mudó a mi ciudad y, si bien fue una relación sexual, me enseñó que el chico malo también se enamora, te da la mano después del sexo y te besa las mejillas y te dice, en su lenguaje rudo, que te quiere.  

Gracias Juan, yo también te quiero.

Nos vamos rápidamente al año 2016. Relación abusiva, física, mental y verbalmente, en todos lados, todo el tiempo. No recuerdo algo bonito y todavía siento ganas de darle una cachetada al infeliz cuando me lo cruce. Si la gordofobia y el machismo tuvieran un club de fans, mi ex sería presidente. Amante del mansplaining y del complejo de estudiante de medicina yo-lo-sé-todo, era insoportable hablar con él. Tal vez por eso pasamos más tiempo teniendo sexo que hablando.

Exnovio abusivo, sos un tarado y tenerla grande no significa que sepas usarla. Gracias por enseñarme el lugar al que nunca quiero volver.

De nuevo, me tomo la libertad de saltar un par de personas en mi vida, pero quiero dejar constancia de la novia cosplayer que me persiguió hasta la muerte, llamando a mi familia para hablar conmigo cuando se me rompió el teléfono estando en la playa con mis primos. Le prometí llamarla, pero no lo hice.

Ese verano conocí a un chico de Misiones con el pelo verde y habilidad para la fotografía. Nos abrazamos borrachos en la peatonal, la segunda y última vez que lo vi. Fer, lamento no haber ido a ver el amanecer con vos. También está el pibito de Olavarría, ricotero empedernido, quien me mintió sobre su disponibilidad emocional, pero lo perdonamos porque me besó bajo la lluvia. Con qué poco era feliz.

Ellos no me enseñaron nada, pero fue un lindo verano y los recuerdo como parte de él.

2018 y 2019 fueron una rara espiral de parejas sexuales cuya calidad solo empeoraba a medida que los conocía. El locutor que me hizo sentir ignorante por no haber terminado de leer Rayuela, el programador que puso Pantera después de tener sexo y el que votó a Lavagna y me babeó la cara en un cuartito alquilado a trescientos pesos las tres horas-en Argentina un precio surreal, casi menemista. El de Lavagna le puso onda, hasta que le dije que su partido político nunca iba a triunfar porque a su candidato le quedaba poca piola en el carrete. Los tres, a la hoguera.

A fines de ese año, conocí a mi penúltimo novio. Yo tenía 23, el 18. Estábamos destinados a caer, estrellarnos y prendernos fuego sin un solo extintor cerca, y así fue. Igualmente me divertí, y le debo mucha de la música que hoy escucho. Era chico, muy chico, y yo medianamente adulta, lo dejé y me dejó. Nos dejamos. Espero que esté bien y siga en la universidad.

Exnovio adolescente, gracias por las playlists. Algún día voy a leer el libro de Milan Kundera que me regalaste para mi cumpleaños.

El último, al fin. El milico y yo nos conocimos por Tinder estando yo en Estados Unidos, en medio de la pandemia. El estaba en el ejército, hijo de militares, todos republicanos, militante del sueño americano, casarse joven y tener cuatro hijos y un Golden retriever. Nuestra relación fue corta, pero agradable, linda. Lo quise, lo quiero. Con él, sorprendentemente, aprendí a decir que no cuando algo me incomodaba, dejé de pedir perdón por no tener ganas y conocí la felicidad de que tu compañero festeje tus logros y te apoye cuando la pasas mal.

Querido milico, gracias por enseñarme lo que quiero y lo que no, por abrirme los ojos ante mis posibilidades y contribuir al despertar de mi consciencia. Gracias por el helado de menta granizada y la caja de cigarrillos mentolados que abrimos en mi último día-todavía la tengo. Gracias por ayudarme a ver que no quiero casarme joven, ni quiero cuatro hijos ni el Golden.

Si te identificaste con más de una historia mía, te cuento que somos víctimas del lavado de cerebro romántico. Cuántas veces vimos Titanic, una historia de amor apasionada de… ¿Tres días? La propuesta, un amor que florece entre dos personas que se odian y deciden casarse luego de ¿Un fin de semana?

Nos criamos con novelas como Cumbres borrascosas, Orgullo y prejuicio o peor, con Crepúsculo. Todas sabemos hoy, que Edward Cullen es el peor novio de la historia, y sin embargo la primera vez que lo leímos soltamos suspiros porque él miraba a Bella cuando dormía.

Terminado mi análisis, saquen sus conclusiones.

En este momento de mi vida, con veinticuatro años y más relaciones fallidas que Ross Geller, sé qué quiero, y lo que quiero es estar sola.

Pero, si llega el amor a estos rincones del averno, quiero humanidad y responsabilidad afectiva. Si no puede discutir sobre por qué el comunismo es una utopía y después mirar “¿Dónde están las rubias?” no me sirve. Que no me discrimine por ponerle edulcorante a la chocolatada, y no critique cuando como cereales con coca. Mientras eso pasa, me dedico a explotar mi vida amorosa en artículos sobre el día de los enamorados.

 

Gracias por venir a mi charla TEDX. Feliz San Valentín.


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