Columnistas // 2020-12-29
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Gay, veintialgo y en la ciudad gris

Foto: The Photo Argus

Tenía quince años cuando conocí el amor; el amor no llegaba al metro sesenta y tenía las uñas negras y los ojos café. Compartíamos la pasión por las bandas del estilo Backstreet Boys, al punto que llevábamos unas mochilas que decían “I love One Direction”, o pulseras con los nombres de los cantantes.

Nos encantaban los pantalones de tiro alto y las camisas que se llevaban en Londres, creyéndonos mucho más que nuestros compañeros y compañeras del colegio por idolatrar una cultura que no nos pertenecía, pero que apropiamos e hicimos nuestra.

En parte, puedo reconocer hoy, sentíamos el corazón en Inglaterra, u otras capitales del mundo, porque nos costaba imaginarnos en Mendoza, o incluso Argentina, porque era difícil, porque estaba mal, porque a los ojos de todo el mundo estábamos mal.

Tenía quince años cuando me enamoré de mi compañera de clase, de banco, mi mejor amiga, el amor de mi vida.

Todo empezó como un juego, y nunca lo sentí extraño. Incluso hoy, me animo a contarle a mi terapeuta que todo fue muy lineal, como en las películas edulcoradas de los noventa: conocí a la chica, nos hicimos amigas, nos enamoramos, y hasta ahí todo muy hollywoodense, muy Degrassi. Obviamente, a esto le sigue el nudo, conflicto, llámenlo como quieran, pero hay un pequeño-gran-problema: después del nudo no la volví a ver.

Muy a lo Montesco-Capuleto, nuestros padres no nos permitieron estar cerca, a ella la transfirieron a otro colegio, cada una siguió con su vida y fin de la historia de amor, contrario a Jane Austen o la escritora de Crepúsculo. Quizás es por esto por lo que odio a Austen, para ella siempre hay final feliz. Yo no lo tuve, ni siquiera una oportunidad.

En fin, esta es la historia abreviada, y me disculpo por no ponerle el toque literario e histriónico que me caracteriza a la hora de escribir, hoy estoy haciendo terapia con mi teclado.

Egresé del colegio en 2014, y a partir del año siguiente, mi vida fue una espiral descendente de amantes, pastillas, alcohol y música, también un poco de letras, pero en ese momento no importaba, nada importaba. Pasé la mayoría de esos años poniendo mi vida en riesgo con toda clase de estupideces; nombren una, seguro la hice.

Sabía que era gay, lo he sabido desde que tenía quince años. Nada se sintió más natural que la mano de mi novia en la mía, nunca me fue extraño besarla o prometerle el cielo, la vida juntas, la felicidad-siempre lejos de esta ciudad que me aprieta el cuello. Nada fue más genuino que darle la mano en el teatro en esa salida del colegio y decirle que la amaba, y ella me dijo lo mismo, en susurros, bajo el ruido de más de treinta estudiantes gritando. Nunca me sentí más llena de amor que en esos meses de 2012 en los que vivía en una burbuja, con ella. Nunca estuve más viva.

Anoche ella me dijo que su vida se divide A.F y D.F (antes y después de Florencia). Esto es mi vida durante R. No recuerdo mucho de mi vida antes de ella. Quizás salí del cascarón cuando la conocí, tal vez mi vida empieza cuando me animo a tomar riesgos, a querer y querer bien, cuando comienzo a quererla. Tal vez no, pero no registro nada significativo antes de nosotros.

El tiempo pasó. Mis padres y los suyos se enteraron, en parte por la directora del colegio, que llamó a casa “preocupada” por nuestra cercanía, y en parte porque ya era evidente. La intervención en nombre de “nuestro bienestar”, que respondía más a los valores de adultos criados en el siglo pasado que a lo que me (nos) hacía bien, no hizo más que romper algo que no necesitaba ser roto.

La noticia de que ella se iba de mi vida me partió en dos, me hizo sentir frágil, vulnerable. Reproduje "The Long and Winding Road" de los Beatles por horas. Todavía tengo ese cd, ella me lo regaló. De repente me encontré sola frente al colegio, mis padres, la vida. Después de ese año, dejé de escuchar One Direction, usé otra mochila, no compré nunca más una revista, empecé a leer a Alejandra Pizarnik y escribí el primer poema relacionado con mi muerte. 

A fines de 2012 me animé a jugar con la idea del suicidio, comencé a romantizar la idea de no existir, porque controlar mi muerte era una forma de vivir con la insoportable intensidad de ser gay en una ciudad gris, llena de adultos grises, en un colegio gris, con gente gris. Esto es mi vida D.R.

Me guardé en un cajón, muy adentro mío, empecé a salir con cientos y cientos de chicos, ninguna de esas relaciones con éxito, y me transformé en una pibita que te podías llevar fácilmente a la cama, no me importaba nada; hiciera lo que hiciera, me acostara con un feo o con el más lindo, siempre me sentía vacía. Aún me siento vacía. Pasé por relaciones agradables, otras no tanto y hasta me anoté un novio abusivo y, sin embargo, la heterosexualidad me quedaba grande, la bisexualidad chica.

Cada vez que he intentado salir del closet, mi cerebro lo rechaza y empiezo a salir con múltiples varones, aun cuando no quiero, no lo deseo, no me hace feliz. Mi terapeuta califica las secuelas de mi experiencia adolescente con características de estrés postraumático, y coincido.

Me aterra mostrar todo esto, me da miedo llevar una piba a la casa de mis abuelos, me cuesta entender que las cosas ya no son como antes. Tengo veinticuatro años, pero la nena de primero del polimodal en un colegio elitista sigue golpeando el cajón asustada.

Anoche pude ponerme en contacto con R, después de mucho tiempo, y de repente me sentí como cuando llegas agotada a casa, después de un largo tiempo de mochileo o una batalla que parece interminable y un día, al fin se acaba. Nos dimos la charla que necesitábamos y nos merecíamos. Recordamos momentos, nos perdonamos e hicimos una promesa, pero eso se los voy a contar a su debido tiempo.

Lo cuento yo, porque llegué a formar parte de los 2618 millones adolescentes que intentaron suicidarse, pero no lo conseguí. Escribo esto, y miro las cicatrices en mi brazo sin sentir absolutamente nada, ni vergüenza, ni orgullo, nada. Me atrevo a hablar hoy porque nada me asusta, ni la idea del infierno, ni la gente gris, ni los nenes bien de mi colegio, ni mis padres, ni mis abuelos.

Grito por toda la juventud LGBTTTIQ que no puede hacerlo seis metros bajo tierra, y pido que nadie más tenga que hacer terapia por un trastorno de estrés postraumático como yo, que las cifras de enfermedad mental en la comunidad queer bajen y que no tengan tenga miedo de cortarse el pelo cortito, besar a su pareja o ir al colegio, como yo. Que ningunx niñx se sienta obligadx a "salir del closet" frente a su familia, como yo. 

Que nadie más piense en el dolor como un medio para aliviar la angustia de no poder ser ellxs mismxs, que nadie más llore por llevar una doble vida, como yo. Que ningún adolescente se consuele las lágrimas de la noche con la idea de terminar su vida pronto para cortar el sufrimiento, como yo.

Hoy a la medianoche mi yo de 24 años lloró en la cama, pero la Florencia adolescente salió del cajón y me abrazó. Anoche R y yo nos hicimos una promesa, y por fortuna yo creo, qué suerte tengo.

Pd.: R, sé que alguna vez vamos a volver a ese punto en el mar en el que tiraste la pulsera que te regalé para tu cumpleaños, y tal vez puedas sacarle el emoji del corazón roto a las coordenadas  en tu Google Maps. Gracias por el fuego.  


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