Columnistas // 2018-08-06
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Angelelli: Una voz silenciada por no legitimar el despojo y la colonialidad
Transitar el siglo XXI de manera realista implica abrir los ojos a una mirada crítica respecto de la sociedad en la que estamos insertos. Anclados en la globalización neoliberal que padecemos, rodeados de gobiernos afectos a esmerilar las condiciones materiales más básicas de los pueblos latinoamericanos y siendo conciudadanos de las peores injusticias y las mayores desigualdades; no podemos más que alimentar nuestra mirada crítica e incrédula sobre todas las “certezas” que se nos han transmitido hasta aquí.
/ por Oscar Soto


Las versiones del mundo que nos circundan son los fragmentos del relato oficial triunfante. A esta altura de los acontecimientos, solo las historias de resistencias sociales de nuestro Sur global logran socavar el discurso imprescriptible e inalterable de la colonialidad: la lucha feministapor ejemplo desgasta el patriarcado naturalizado, los movimientos populares, campesinos e indígenas, resisten las formas colonialesde apropiación sobre territorios y espacios, en tanto trabajadoras y trabajadores enfrentan a diario el capitalismo neoliberal.

Lo religioso en busca de la liberación

La cuestión de lo religioso en América Latina no es un tema menor en las dinámicas de legitimación del poderío que ha ejercido (y ejerce) la triada del colonialismo-capitalismo-patriarcadohistóricamente. Uno de los sustentos de la modernidad europea fue la acumulación originaria, posible solo gracias a la invasión de América en donde la forma hegemónica de religión cristiana existente en occidente, resultó ser un dispositivo fundamental para el modelo epistemológico de la modernidad. Se construyó así el consenso y la coerción para dominar territorios, cuerpos y mentalidades.

Sin embargo incluso allí, en el entramado religioso, el reverso de la dominación ha sido la lucha social de los sectores populares que reinventan y transforman lo “dado”. A pesar de la colonialidad y los elementos que fortifican el capitalismo como fin en sí mismo, en Nuestra América se han configurado experiencias de alteridad y resistencias al patrón de poder global. Laeducación popular, losmovimientos campesinos sin tierra, lasteologías de la liberación, elfeminismo latinoamericano, las luchas indígenasy afrodescendientes, laeconomía populary tantas otras experiencias; nuclean todas ellas la esperanza de otro mundo posible, aun en medio de la desolación actual.

En el caso del universo religioso –puntualmente católico y protestante-, desde los años ´60 del siglo pasado se ha dado una vinculación política de campesinos, obreros y masas populares con las aristas críticas de la espiritualidad identificada en los valores del cristianismo. Desde esos años comienza a ser repensada la forma en que la memoria larga de las comunidades primitivas cristianas había sido aniquilada; elemento a partir del cual, con mucho de razón, una vertiente de pensamiento crítico sustentada en el marxismo había colocado a la religiónen el lugar del “opio de los pueblos”. En verdad, desde la tradición tributaria del marxismo no encontramos un todo homogéneo, el mismo Engels desarrolla un pensamiento mucho más acabado que Marx sobre la cuestión religiosa en su análisis de las representaciones que se dan en relación a las luchas sociales, arrojando junto con Kautsky una luz sobre el potencial de protesta de la religión y los movimientos religiosos; por otro lado Gramsci pondrá más atención al fenómeno histórico de la religión en su contexto, con observaciones agudas, pero también con mayor apertura a entender la religión como “utopía gigante” y como parte vinculada en la reconciliación de las contradicciones de vida históricas(Gramsci, 2001).

Angelelli, 42 años después

El caso de Enrique Angelelli, obispo comprometido con las causas populares, la teología de la liberación y la lucha campesina, asesinado el 4 de agosto de 1976, luego de que “sorpresivamente” su automóvil sufriera un accidente cuando regresaba de un homenaje a los sacerdotes Gabriel Longueville (francés) y Carlos Murias (argentino), torturados y fusilados dos semanas antes en La Rioja, en el contexto de la última dictadura cívico-militar-eclesial Argentina, repone este viejo debate que atraviesa marxismo, cristianismo y luchas políticas actuales: las resistencias sociales trascienden a las instituciones y los momentos políticos más oscuros.

En la actualidad, bajo regímenes formales de democracia y cultura patriarcal, la religión como justificadora del orden y el individualismo neoliberal pareciera borrar de un plumazo la obra de personas como Angelelli, Mugica, Wenceslao Pedernera y tantos otros; pese a ello persiste en los movimientos rurales, las comunidades eclesiales y los centros ecuménicos de base una lectura anticolonial, anticapitalista y antipatriarcal que sigue recordando la pregunta de Angelelli, que Osvaldo Bayer recuerda: “¿en qué país injusto y deshonesto vivimos que ni siquiera los trabajadores de la madera pueden poner sus muertos en ataúdes para sepultarlos?”.

Antonio Gramsci se anticipó de alguna manera a la necesidad de resistir un simplismo recurrente para cierto pensamiento anticapitalista -no sólo marxista-: la idea de que la religión era un eslabón más de la conformación de una superestructura que se desmoronaría con la caída del propio sistema capitalista. En cierta medida la perspectiva del pensador italiano estaba dirigida hacia el requerimiento de una reforma moral e intelectual que permita, junto con la colectivización de la economía, el desenvolvimiento de una cultura contrahegemónica frente a los intereses burgueses dominantes.

Las críticas de Angelelli al latifundio, a la cultura represora y a los privilegios de clase retornan en contextos de disputa en América Latina y recuerdan que así como hay un sistema que oprime, existen las resistencias al interior de todos ámbitos de la vida social: el religioso, el político, el cultural. Se trata de reinventar las formas de enfrentar al gigante, poniendo en el centro la memoria de los que lucharon por la tierra, el pan y la justicia como forma de quebrar el discurso oficial de la colonialidad, incluso en medio de la oscuridad política y el silencio forzado que vivimos en la Argentina de Macri desde 2015 a esta parte.

Aunque se trate de un largo camino, hay que seguir andando, no más.

  


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