Columnistas // 2021-04-17
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Tú haz los dibujos, que yo pondré la guerra
Lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez. Ante tales manipulaciones, Groucho Marx diría: ¿A quién le va usted a creer: a mí o a sus propios ojos?

Foto: Cuatro Vientos

Eduardo Galeano los llamaría «representantes de la cultura del envase». O sea, personas a quienes les importa el funeral, pero no el muerto; la boda, pero no la novia. Afirman no tener libertad de expresión: queja que a diario nos llega por Twitter, por las noticias de Google, y hasta por los anuncios pagados de Facebook, sin que jamás se tomen el trabajo de explicarnos qué ideas o pensamientos les reprimen.

Como les importa mucho la envoltura, pero no el contenido, usan todas las vías para pedir un diálogo, sin que todavía sepamos de qué quieren dialogar. El más visible de esos shows ocurrió el pasado 27 de enero frente al Ministerio de Cultura, cuando una veintena de personas fue allí a manifestarse. En esa ocasión, la palabra «diálogo» volvió a ser la principal protagonista; pero esta parecía dicha en otro idioma, en uno donde sonara igual que en español, pero con un significado muy diferente.

Todo empezó en noviembre, con una huelga de hambre y sed, donde mucho se comía y bebía. Por las noticias y las redes sociales nos asustaban con la posible muerte de los huelguistas; relataban el grave deterioro de su salud, mientras que, en directas transmitidas por los propios «desfallecidos», con perplejidad veíamos cómo los «casi muertos» bailaban y saltaban sin descanso. 

Hoy, por correo electrónico, me llegó otra de esas formas desprovistas de contenido con que suelen fabricar noticias de la nada: un llamado a realizar una huelga de arte. ¡Como lo está leyendo: huelga de arte! Fue en reenvío de reenvío, cuyo correo original venía firmado por cierta académica residente en Valencia, España. Al principio pensé que se trataba de un chiste, de modo que entré en la página de Facebook de ese llamado Movimiento y, vaya sorpresa, no lo era.

Con la mayor seriedad del mundo, en la convocatoria exigían que, como forma de protestar contra el Ministerio de Cultura y el Noticiero de la Televisión Cubana, nadie asistiera a las instituciones culturales para hacer arte. Todos debían abstenerse de ir a un teatro, a un cine, a una galería de arte, a una casa de cultura: figúrense, en este minuto, cuando todos esos espacios están cerrados por causa de la pandemia.

Es como si, de pronto, a mí se me ocurriera convocar a una huelga de sol en La Habana, en protesta por lo que me parezca oportuno. Le ordeno al Sol que no alumbre entre las 6:20 p.m. y las 7:06 de la mañana, y ya verán que esto se cumple. ¿Cuál es el objetivo de esa farsa? Pues, sencillamente, luego mostrar fotos de instituciones vacías, lo cual sería prueba del supuesto liderazgo y poder de convocatoria que disfrutan entre los artistas cubanos.

Naturalmente, aquí nadie les creerá tal delirio, no son líderes de nada, pero a ellos no les importa. Tan solo necesitan aparentar que lo son, pues simulación y envoltura son las materias primas que consume su maquinaria mediática. Por esa misma razón, antes llamaron a aplaudir en favor de su Movimiento: a las nueve de la noche, justo cuando el pueblo aplaudía la labor se sus médicos. ¡Qué locura!

La mitad de la veintena de personas, que en enero se manifestó frente al Mincult, son corresponsales de medios enclavados en España y Estados Unidos, los cuales reciben financiamiento de la ned y la Usaid para la propaganda contra Cuba. O sea, esta vez tuvieron que hacer multioficio, desdoblándose como en la novela del Doctor Jekyll y el señor Hyde, para hacer bulto en la manifestación, al tiempo de parecer inocentes periodistas.

No hay dudas, están en severa huelga de arte, y eso alucina. Hace tiempo que no prueban una metáfora, una polisemia, un concepto de las muy necesarias calorías y vitaminas estéticas, y se mueren por inanición artística y falta de creatividad.

Ya dije que todo se promueve desde España y Estados Unidos, pues bien, de pronto descubro unas interesantes noticias. Resulta que en Estados Unidos viven 16 millones de personas que no saben leer ni escribir. Son incapaces de leer un periódico, configurar un teléfono o escribir un sms. Otros 27 millones pueden leer, pero con tal nivel de balbuceo e incomprensión de textos, que en la práctica también son analfabetos. Esto representa cuatro veces la población de Cuba, pero bueno, el común de las noticias no se refiere a ello, sino a que allí disfrutan de libertad de expresión.

Leo otra noticia, ahora procedente de España, donde se relata que alrededor de 150 artistas, raperos, tuiteros, periodistas y políticos han sido condenados allí por delitos de opinión. El último de ellos es el rapero Pablo Hazel, quien deberá cumplir nueve meses de cárcel y pagar 30 000 euros de multa por cantar una canción contra el rey Juan Carlos.

Esas escandalosas realidades, que les son tan cercanas resultan, sin embargo, invisibles para la Cuba de ficción que quisieran fabricar. Para definir tales engañosos métodos, recientemente se ha creado el término de posverdad, neologismo que describe la distorsión deliberada de una realidad, en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

La posverdad, sin embargo, ni es algo nuevo ni tampoco es la primera vez que, como método de manipulación política, se emplea contra Cuba. En fecha tan lejana como 1898, durante la intervención yanqui en la guerra contra España, William Randolph Hearst, magnate de la prensa estadounidense, escribió a su corresponsal en la Isla: «Tú haz los dibujos, que yo pondré la guerra».

En fin, ya lo advierte el adagio: lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez. Ante tales manipulaciones, Groucho Marx diría: «¿A quién le va usted a creer: a mí o a sus propios ojos?».


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