Columnistas // 2021-02-19
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Crónica de un Z chalado
En San Valentín publiqué una columna, en la que hablaba de mi experiencia en el mundo de las citas y por qué me rendí a salir con gente. Hoy estoy a punto de menstruar, vulnerable y… ¿Enamorada?

Foto: The Conversation

Esto es una especie de uso de mi derecho a réplica, y odio tener que echar mano de él, más en este caso.

El 14 de febrero hice un descargo hablando de mis relaciones fallidas, quizás intentando justificar por qué voy a estar sola para siempre y la razón de que mis padres no van a tener nietos de parte de su primogénita. Sin embargo, Dios, Buda o Satanás-o inserte su deidad de preferencia-obra de maneras misteriosas.

El día de los enamorados en la noche, decidí ir contra mi naturaleza ermitaña y salí a un bar a escuchar cantar a una amiga que se presentaba. Voy a acortar la historia para no entrar en detalles comprometedores, pero pasé toda la noche hablando con un varón-lo llamamos así por cuestiones de privacidad. Al mejor estilo de una película adolescente, terminamos dando vueltas por las calles buscando un lugar para comer-a las dos de la mañana.

Alerta spoiler que seguro ya dedujeron: estaba todo cerrado. La noche termina con él y yo sentados en los escalones de mi casa hablando, comiendo caramelos. Llegan mis padres a casa, él se va. Tenía que trabajar ese día, y a las cuatro de la mañana me encontraba intentando conciliar el sueño, procesando lo que había pasado la noche anterior.

¿Tuve una cita de San Valentín? No, no es una cita.

Alimento la seria sospecha de que el agente a cargo de mi teléfono escuchó todo lo que hablamos con el varón esa noche y lo que le conté a mis amigas luego, porque el algoritmo de mi cuenta de Spotify solo me lleva a canciones románticas desde el domingo. Alguien se está divirtiendo con mi tormento en Estocolmo.

Fiel a mi tradición de negadora crónica, intenté convencerme de que fue uno de esos momentos hollywoodenses que no repiten nunca más en la vida-o solo les pasan a las personas en las novelas de John Green-e intenté seguir trabajando.

Sin embargo, el lunes fue insoportablemente lento y no pude parar de pensar en él. Quería verlo de nuevo. ¿Cuándo es muy pronto para mostrar la hilacha y dejar ver que soy una enamorada del amor?

A ese día le siguieron dos ¿Citas? Una el martes en el parque y otra ayer y, sin embargo, siento que necesito más. Igual, no fueron citas. ¿O sí?

Estoy indignada conmigo, pero más con él. Estúpido y bello varón. ¿Quién se cree para venir y darme vuelta el estante, con historias de Lollapalooza y su sonrisa de lado?

Abrí Tinder hoy, para ver algunos perfiles y tranquilizar un poco mi cerebro. Un like aquí, otro allá, respiro, cierro Tinder. Me miento un rato, bajo la premisa de que sigo usando apps para citas porque el varón “no me gusta tanto”.

Sentir que tenemos el control, incluso si es solo en Tinder, es una pequeña dosis de Xanax para los Z-aunque siendo sincera, ya perdí la cabeza.

Ver tanto sufrimiento de compañeras a manos de varones, y sufrirlo en carne propia derivan en desconfiar absolutamente de todo lo que ellos dicen, analizar exhaustivamente las palabras del varón, buscarle “el pelo al huevo”. Es llegar a casa y sentir las lágrimas en las mejillas, pensando “¿Es posible que me quieran así de bien?” o la clásica “¿Lo merezco?”

A partir de ese momento, el varón en cuestión tiene carácter de semidios, hasta que se tira un pedo frente a vos, y en ese momento pensás “este es el mejor ser humano del mundo”. Todavía no, pero supongo que algún día sucederá-si el coronavirus no me mata antes.

Quiero creer que esta reflexión de vieja loca se debe a la desconfianza y al hecho de que, según mi calendario, en dos días tengo que menstruar. Puede ser, puede que no, nadie lo sabe.

Y esta es la historia de cómo en plena pandemia, entre barbijos y sanitizante de manos, tuve que considerar por primera vez en la vida mi premisa “los hombres son una gonorrea”. En realidad, sí lo son, pero hay gonorreas que pican menos que otras.

Pase lo que pase, sabemos cómo termina esto: conmigo volviendo a Tinder, firme como un soldadito, a la caza de mi próxima decepción amorosa.

 


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