Columnistas // 2021-01-04
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Pandemias, la excusa perfecta
Hoy los clics van a las noticias que hablan de un famoso controvertido encontrado en una fiesta clandestina, o a los artículos que muestran fotografías de la casa en la que los futbolistas pasarán su cuarentena. El COVID-19 es la excusa perfecta para actuar con impunidad, a los ojos de un mundo que sabe, y a la vez ignora.


Durante el período 2009-2010, se popularizó una enfermedad con potencial de pandemia: la gripe H1N1, gripe porcina, swine flu, como le llamen donde ustedes vivan.

Actualmente, el mundo está viviendo con lo que -hasta ahora- se considera el virus más peligroso en la historia, sin registros de tal amenaza desde la gripe de 1918 -mal llamada gripe española-.

Con un poco de investigación, es posible encontrar lo que para los conspiranoicos, podría ser un catalizador para la aparición de pandemias y grandes males que, cada tanto, aquejan al mundo en general: las famosas crisis financieras y sociales.

En 2009 y 2019 respectivamente, se registraron caídas históricas en la economía mundial, a las que siguieron enfermedades que paralizaron al planeta.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), desde el comienzo de la recesión en 2007 y hasta 2009, más de 40 millones de personas se sumaron a las filas de los desempleados.

Estados Unidos ostentaba el mayor índice de desempleo en veinticinco años con 10% de su población sin poder acceder a un trabajo, mientras que en Europa la desocupación trepaba al 9,6%.

El impacto de las caídas en la economía de las potencias se sintió en todos los rincones del globo, con más de 2 millones de desempleados en Latinoamérica, y hasta 5 millones de despidos en pequeñas aldeas de Vietnam, que se sustentaban a base de exportaciones.

A mediados de 2019, se preveía que el crecimiento mundial fuera de 2,6%, el más bajo de la década. Aún así, a principios de 2020 se reveló la verdadera cifra del año anterior, capaz de aterrar a cualquier nación: 2,3%.

En 2019, se registraban 187,7 millones de personas desempleadas, y los portales económicos vaticinaban una cruda recesión económica en 2020, comparable con la gran crisis de 1929.

Dos de los factores determinantes de estas bajas fueron la guerra entre Estados Unidos y China por el dominio económico y la aplicación de impuestos dentro del territorio liderado por el entonces presidente Donald Trump.

A raíz de la pandemia por SARS-CoV-2 del año pasado, los países del mundo se pararon, en mayor o menor medida, afectando profundamente la economía de hasta las mayores potencias del mundo.

Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el único país del mundo que registró un crecimiento económico fue China, si bien sus cifras no son del todo confiables. Esto debido a la implementación de diversos paquetes de medidas a fin de fortalecer el turismo interno, las inversiones en infraestructura y bonos de estimulación.

Amén de la crisis económica, se han suscitado gran cantidad de episodios a nivel mundial que atentan contra la población, en materia de derechos humanos mayormente.

A diferencia de otros años, las medidas de aislamiento y cierre sanitario no han permitido a la gente manifestarse en contra de las legislaciones deliberadas de líderes que solo abogan por sus ideas conservadoras. La pandemia fue conveniente para ocultar falencias gubernamentales o crisis sociales que se negaron por años.

Ejemplos sobran: la guerra en Paraguay del gobierno con grupos paramilitares, que se sigue cobrando la vida de adultos y niños inocentes, la violencia policial en Venezuela, que mata más cada día que el mismo coronavirus.

Ni hablar de cómo el estado en Asia del sur protege a los agresores sexuales que se sirven de la violencia institucional patriarcal para violar a mujeres en manada frente a sus propios hijos e hijas o en espacios públicos, frente a los ojos de todo el mundo, más nadie hace nada, siempre hay una justificación para ser ultrajada, siempre “es culpa de ella”.

Se puede hablar de las noventa masacres en Colombia, que dejaron un saldo de 375 víctimas; además de 310 líderes sociales y 64 excombatientes asesinados en el país.

Más abajo, el caso de Chile, que desde el estallido civil de 2019 no deja de presentar casos de abuso por parte de las fuerzas armadas y carabineros, todo esto originado por la violencia institucional de un gobierno de ricos, para ricos.

O, por qué no, hablar de Argentina, donde la policía secuestra y asesina a jóvenes, habiendo pasado más de treinta años desde el fin de la dictadura cívico-militar.

Más de treinta años diciendo “nunca más”, y sin embargo se sigue contando historias como las de Luciano Arruga, Sebastián Bordón o Facundo Astudillo Castro.

Hoy los diarios deberían estar inundados por pedidos de justicia por las niñas del Paraguay, por los jóvenes argentinos desaparecidos en democracia, por la sangre que mancha las manos de los carabineros chilenos y por todas las mujeres que murieron en estaciones de trenes a manos de hombres primitivos y respaldados por el patriarcado, pero no.

Ningún portal menciona a los periodistas asesinados en Venezuela, mucho menos a los ambientalistas y líderes ultimados en Colombia, nadie aboga por las mujeres que quieren decidir en Polonia ni por las parejas homosexuales en Rusia, nadie llora los suplicios del pueblo chileno que trabaja toda su vida para morir en la miseria.

Hoy los clics van a las noticias que hablan de un famoso controvertido encontrado en una fiesta clandestina, o a los artículos que muestran fotografías de la casa en la que los futbolistas pasarán su cuarentena.

El COVID-19 es la excusa perfecta para actuar con impunidad, a los ojos de un mundo que sabe, y a la vez ignora. No hace falta leer a Bradbury, Huxley u Orwell nunca más, la posmodernidad es una distopía de manual.


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