Columnistas // 2020-12-31
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“El delirio”: el pop que no es pop de Matías Mieville

Foto: Genius

Generalmente, cuando se trata de géneros musicales, decido dejarle el trabajo a los críticos, productores o algoritmos extraños de mi cuenta de Spotify, que me llevan por todos los tipos de música habidos y por haber. Sin embargo, hay algo fijo en esos géneros: pop. Bedroom pop, indie pop, pop punk, pop rock, hasta bubblegum pop-quien no tenga “Sugar Sugar” de los Archies en su playlist que arroje la primera piedra. No puedo evitarlo, soy una nena pop, siempre lo fui.

Solemos asociar el buen pop con las melodías en inglés, pegadizas y con un sonido soso y carente de calidad. Hace un par de años aprendí que hay un “pop”-según Google-mucho más rico e increíblemente cerca de mí, y lo conocí en el lugar menos esperado: el centro de mi ciudad, a la que siempre acuso de ser aburrida.

En 2018 conocí por casualidad a una estrella en potencia, un loco de Chile que caminaba por la ciudad con su grupo de amigos y una guitarra, regalando canciones. La noche termina con su grupo y el mío en una residencia de estudiantes cantando, restos de cocaína de un desconocido en la mesa y un francés llamando en un español cuestionable a un contacto dudoso, que expendía alcohol pasadas las once de la noche.

Recién al día siguiente supe el nombre del que ahora es uno de mis favoritos fuertes en Spotify: Matías Mieville.

Podría copiar y pegar la biografía de Matías y decir que tiene un estilo fresco, distintivo, único, y todos los adjetivos que utilizan las revistas y de los que los críticos abusan, pero prefiero apelar a mi lado histriónico y contar a qué me sabe Matías Mieville y su nuevo álbum “El delirio”.  El resto lo pueden buscar en sus redes sociales.

“El delirio” me sabe a té con limón, a una despedida en una estación de tren, valijas viejas, cargadas de tiempo y sellos postales, un beso en suspenso perpetuo, a caminatas en parques en otoño y sonrisas cómplices en la cama, temprano en la mañana. “El delirio” huele a mi abuelo, el músico y poeta, que escribía en su Olivetti hasta las cuatro de la mañana, mientras se fumaba un cigarrillo-o mil.

“El delirio” es no es fresco, es el calorcito paulatino que sienten los dedos de los pies cuando nos vuelven a poner la sábana luego de que se corre y nos da frío; es la banda sonora de las plantas de hojas grandes cuando la brisa de verano las hace bailar, es el olor a la arena-siempre he sido una convencida de que la arena huele y muy bien-que me hace arrojarme al suelo en la playa y cerrar los ojos. Es el mar, el sonido del viento y las olas, y la humedad en la noche, que revuelve el pelo lleno de sal.

“El delirio” me hace pensar en patios viejos, llenos de baldosas de colores que alguna vez fueron fuertes, y hoy son un tenue pastel. Es despertar y enredar las piernas con las del ser amado, es caminar descalza en una alfombra mullida, aunque esté pasando por la calle más rota del microcentro.

El delirio es mirar los haces de luz que se fugan por la persiana americana, tarde en la madrugada, escuchar los autos pasar y los sonidos de la noche, y sentirse en paz. Es el abrazo esperado luego de mucho tiempo.

El delirio es el soundtrack de la historia de amor que no termina, de mi historia. De noche, el álbum es serenidad que no ha dado ninguna pastilla hasta hoy, quema el pecho de la forma más hermosa. De día, es una compañía, un vecino agradable, un amigo fiel.

Sin duda, el track más hermoso de esta joyita musical es “Centinela”, que era una de las que siempre saltaba al principio, y hoy es la canción que me acompaña las noches que espero el regreso de los brazos que hace ocho años no me rodean. Con todo esto dicho, sé que Google se equivocó, dudo que Matías Mieville haga pop, el pop le queda muy chico.

Como extra, les cuento que tiene un proyecto llamado “Motel Rosa” junto con el músico Ignacio Fuenzalida, también chileno, al que ambos definen como “una mezcla de distintos valores relacionados a la fiesta y a los encuentros amorosos, dentro de un contexto latino y fresco”, una combinación de estilos que en teoría parecen no encajar, pero en la práctica se acoplan de manera deliciosa. Ambos proyectos trabajan con el sello Alive Music Label, que editan y promocionan sus trabajos. “El delirio” y los cortes de Motel Rosa están disponibles en todas las plataformas.

Háganse un regalo, un mimo, como quieran llamarle y comiencen el año escuchando “Centinela”, sugerencia del chef. Tal vez les recuerde al té con limón, al beso suspendido o la despedida en el tren, o tal vez no. Puede ser que los remita a sus propias nostalgias, esas que guardamos en el pecho bajo siete llaves y que a veces solo una canción puede traer de vuelta.


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