Columnistas // 2020-09-30
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Un reflejo de la realidad: Caos en el “debate” presidencial
Ni debate, ni presidencial. Anoche asistimos al funeral de la discusión política en Estados Unidos.

Foto: Periódico el economista

“¿Qué es esto?” fue la principal pregunta que se hicieron muchos televidentes mientras observaban un espectáculo grotesco e infantil donde la política brilló por su ausencia. Al término de ese show de provocación, gritos y desorden, a todos nos quedó claro quién fue el único ganador de la noche: China.

Con un Chris Wallace desdibujado, casi sin tomar el control como moderador entre el presidente Donald Trump y el ex vicepresidente Joe Biden, el primer debate presidencial que tuvo lugar en Cleveland, se llevó a cabo con total caos y desorden, casi un fiel reflejo de lo que vive actualmente la sociedad norteamericana: la polarización, la ansiedad social y la pérdida acelerada de ventajas del sistema político estadounidense.

En medio del caos, ambos candidatos abordaron algunas preguntas clave en la carrera presidencial sobre temas como COVID-19, justicia racial, economía, seguridad pública, la Corte Suprema, integridad de la elección, cambio climático y, por supuesto, los impuestos de Trump.


La grieta nunca fue tan explícita como anoche. Los candidatos encarnan dos modelos antagónicos de país. Dos visiones y dos propuestas completamente diferentes que chocan entre sí y no encuentran un denominador común. Trump no está dispuesto a tender puentes con el candidato demócrata, quien fue el único que miró fijo al público en todo momento para evitar confrontar con el presidente, quien lo interrumpió casi los 90 minutos que duró el “debate”.

Sin lugar a dudas, el momento más interesante de la noche fue cuando Trump se rehusó a condenar a los grupos extremistas de derecha e intentó explicar que “la violencia sucede de ambos lados”, haciendo hincapié en los manifestantes alineados bajo el lema del movimiento Black Lives Matter. Casi un deja vú de sus dichos tras la manifestación supremacista blanca que tuvo lugar en Charlottesville en 2017.

Trump llegaba al primer cruce con Biden urgido por dar un golpe de efecto para darle impulso a su campaña, ante la consistente ventaja que el demócrata ha mostrado en las encuestas. Biden tiene una ventaja de 7,1% en el promedio de encuestas nacionales de FiveThirtyEight y bajo la modalidad del mail-in voting, casi 2 millones de personas ya emitieron su voto de forma temprana en estados claves como Wisconsin, Carolina del Norte y Michigan.

Ambos candidatos llegaron al debate en el momento más álgido de la campaña. Trump pidió que Biden se sometiera a un antidoping y a una revisión para asegurar que no use un audífono para recibir información, y su gobierno develó una supuesta conspiración de la campaña de Hillary Clinton hace cuatros años para "agitar un escándalo" intentando atar a Trump al gobierno de Vladimir Putin. Biden y su candidata a vicepresidenta, Kamala Harris, difundieron sus declaraciones juradas horas antes luego de que el periódico The New York Times revelara que Trump sólo pagó U$S 750 en impuesto a las ganancias en 2016 y 2017, y que ha perdido cientos de millones de dólares en sus negocios. Fue un prólogo de lo que se vio.

Sin embargo, Biden no es Hillary, pero Trump, tampoco es de 2016. El nerviosismo que demostró Donald Trump durante los 90 minutos de show, estuvo acompañado por el pesado traje de presidente de los Estados Unidos, con todo lo que ello conlleva actualmente: más de 200,000 fallecidos por COVID-19, una crisis económica sin precedentes, millones de pedidos de seguro por desempleo y una crisis social que polariza cada vez más a la ciudadanía tras los hechos de violencia racial. 

El debate ofrecía la primera y más clara oportunidad para que Biden y Trump mostraran las diferencias en sus visiones para el futuro del país. Pero lejos de ofrecer un intercambio sustancial sobre políticas, el debate cayó rápido en una dinámica de golpe contra golpe -muchos personales-, interrupciones, y declaraciones una encima de otra. Ningún candidato ofreció muchos detalles sobre sus planes más importantes, ergo, dedicaron la mayor parte del tiempo del que dispusieron a atacar al otro o a defenderse de los ataques del rival.

En lugar de apelar a la racionalidad y utilizar el debate como instancia superadora para poder cooptar al voto independiente que tanto necesita el presidente a menos de 35 días para las elecciones, eligió el camino del caos y los ataques personales. Trump desperdició una oportunidad única de ampliar su coalición y convencer a aquellos que en 2016 lo habían respaldado y ahora, golpeados por la crisis, se alejaron de su base.

Biden tampoco pareció asestar un golpe decisivo para ampliar la ventaja que le dan las encuestas, que para los seguidores del presidente no reflejan la realidad en el país. Pero en la última etapa de la campaña, Trump y Biden parecen decididos a apelar a sus bases más que a intentar conquistar a la proporción de indecisos. Ahí parece apuntar la energía de ambas campañas en los próximos días. Un punto para la grieta, otra vez.

La ausencia de grandes errores y la falta de definiciones sólidas seguramente implicará que el debate tenga un efecto casi imperceptible sobre la dinámica de la campaña presidencial. Pero la etapa de debates, recién comienza.


 


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