Columnistas // 2020-07-19
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Repensar la amistad: Entre el sexo y el poder
En este camino de la deconstrucción que se decidió abordar desde un comienzo, me propuse hoy en parte por el contexto, la fecha y el disparador de repensar todo lo que se presenta como construido, poner en tensión la amistad desde el paradigma del poder dentro de las relaciones y el tabú o no del sexo en nuestros vínculos


A modo de introducción al tema es necesario aclarar que, aunque muchas veces se piense que el poder es algo que tienen u ostentan los poderosos, la verdad es que hay poder en toda relación humana. Desde la que se da entre las parejas, la familia, amigos o el trabajo, por mencionar algunas. Es por entonces que inevitablemente esta relación de poder trae consigo un “juego de poder”, habiendo dos o más partes que explícita o implícitamente juegan, y en ese juego hay distintas capacidades, necesidades o deseos en pugna. 

 

Repensar la amistad es una tarea que trae aparejada al menos dos aspectos centrales; por un lado; ¿Qué tipo de relación es la amistad? y en segundo lugar ¿Qué tan importante es realmente el otro u otra en esa relación/vínculo?

 

En la historia hay varios autores que abordaron filosóficamente el tema de la amistad, uno de ellos, Aristóteles. El sostenía que existían dos tipos de amistad; por un lado la amistad perfecta, y por el otro lado la imperfecta. Esta última según el autor estaba basada principalmente en el placer o la utilidad, y al estar sujeta a ello dependía de un elemento externo a la relación. Por ejemplo, en aquellos amigos o amigas que su vínculo radica en el gusto por salir a bailar, qué pasaría si una de ellas con el pasar del tiempo pierde el interés de salir a bailar y la otra persona no lo pierde. El elemento externo que “compartían” deja de estar, y la utilidad en términos aristotélicos nos llevaría a pensar que esa relación deja de ser la misma, o hasta incluso deja de existir. Ese ejemplo, puede ser menos banal, y radicar en el gusto por el fútbol o el viajar, en ambos casos podríamos pensar que pasa si una de esas personas involucradas forma familia y decide dejar de viajar, o asistir a una cancha, ¿Como se tornaría esa relación? ¿Y qué bases la sustentan realmente?

 

Aristóteles también dice que en toda relación existe semejanza y reciprocidad, en términos economicistas hay un intercambio, doy en función de lo que me dan y me relaciono en función de las cosas en las cuales somos parecidos, algunos incluso se animan a plantear que los amigos o las amigas que tenemos son un reflejo de uno o de una. Que tendemos a vincularnos más con lo parecido que con lo diferente. ¿Y eso será porque lo diferente nos interpela como sujetos o sujetas? ¿Nos gusta que nos interpelen o que nos digan lo que buscamos escuchar? 

 

Dicho de esta forma parecería que no hubiese posibilidad alguna de tener amistad en   donde no exista un “ida y vuelta”, una oferta y demanda, un dar en relación a lo que recibo. Visto de ese modo, parece más la amistad un contrato que firman (metafóricamente hablando) dos o más personas que comparten características, o como dice Aristóteles, semejanzas. ¿Se puede ser amigo o amiga de alguien que sea radicalmente diferente a uno? y si pensamos como plantea Dario Z (Sztajnszrajber) que si la amistad es semejanza ¿Quién se asemeja a quién? porque en esos términos siempre hay alguien que se impone, y si se impone, quiere decir que se vuelve dominante en la relación de poder.  

 

Nuestro modo de ser y de vincularnos en el mundo, se basa principalmente en entender que somos construidos por las prácticas sociales que se generan en nuestro entorno, argumento Freudiano. Esto significa que no nacemos y somos siempre iguales. Con el pasar del tiempo modificamos comportamientos, deseos, formas, proyectos y vínculos, ya que nos vamos construyendo y deconstruyendo como sujetos a lo largo de los años. 

 

Si se trata de repensar, un autor que no podemos dejar pasar es Nietzsche, el decía, “mi mejor amigo, es mi peor enemigo”, más allá de que la frase rompe el planteo binario de amigo y enemigo, que hay detrás de esa frase, ¿Por qué si es mi mejor amigo se vuelve mi peor enemigo? Para el autor el “enemigo”, es aquel que me marca mis defectos, que me saca a luz mis limitaciones, es el extraño que me hace replantearme y sacarme de la zona de confort, es el invasor, dice Nietzsche. Ahora bien, el amigo sería en estos términos aquel que no me interpela, que me complace, que no saca a luz mis limitaciones, digamos, aquel o aquella que me dice justo lo que quiero escuchar. Nunca pensamos, que según el problema que necesitamos abordar, es el amigo o amiga, que buscamos para hablarlo. Y dicho de otro modo, lo buscamos por su condición de amigo o amiga, o lo buscamos porque sabemos que lo que queremos escuchar es lo que nos va a decir esa persona. Otra vez, utilitarismo.  

 

El poder es casi un elemento intrínseco a la vida humana, que supone una predisposición  hacia el dominio sobre el otro. En este sentido, no existen casi experiencias en las que se haya podido mantener una comunidad de iguales por mucho tiempo en la historia sino que siempre alguna persona o grupo de personas debió destacar por sobre el resto. La importancia yace entonces en reconocer que el poder es un fenómeno característico de las relaciones sociales y que muchas veces puede ser peligroso, pero tantas otras necesario.

 

Y como se manifiesta el poder en la “cama”, en el sexo y porque no, cuanto tabú hay de que eso sea con amigos o amigas. Muchos suponen que con un amigo o amiga se comparte todo, y en ese todo, ¿también el sexo? o compartir el sexo indefectiblemente te lleva a otro estadio en la relación. ¿Cuántas veces sentimos esa conexión con una amiga o amigo? Esta puede surgir espontáneamente, como parte de un encuentro que en forma inesperada se convierte en erótico, el ámbito ideal, las miradas cómplices o el solo hecho de sentir que se genera una conexión con el otro u otra. ¿Ese deseo del otro u otra, cuantas veces lo reprimimos? 

 

Según los especialistas nosotros los millennials generalmente “concedemos” una libertad que da lugar a que pueda ocurrir y lo viven sin culpas, ¿Realmente lo vivimos sin culpa? Muchos pensamos que esto forma parte de la intensidad emocional del vínculo amistoso que puede dar paso a un conocimiento más íntimo del otro. Pero hay interrogantes que indefectiblemente surgen ¿Por qué sucedió?, ¿Me gusta? ¿Y ahora cómo seguimos?, normalmente esas respuestas se dan por medio de una charla para tratar de entender algo,  que seguramente tiene pocas explicaciones. En estos casos la fantasía está presente, solo que se evita pensar en ella, hasta que no se la puede reprimir más.

 

En estos casos cuántas veces el futuro de ese vínculo se decide tan sólo por una de las partes que se volvió dominante, o que como mínimo impuso su sentimiento por el sentimiento del otro u otra. Hay también casos de relaciones que salen fortalecidas luego del sexo mientras que quedan en un terreno ambivalente entre la atracción y rechazo. Lo cierto es que, la superación del tema dependerá de los valores que sostienen la amistad y no de la experiencia sexual. Pero también es que se aumenta el conocimiento que se tiene del otro, sobre todo si ocurre en forma inesperada (no buscada) o no se tienen expectativas más que el placer como fin último.

 

Las sociedades son construcciones sociales complejas; estables, inestables y conflictivas, en distintas proporciones, de acuerdo con las condiciones históricas de tiempo y espacio. Son formaciones sociales heredadas, reproducidas y cambiantes; son también, en parte inconscientes y “naturalizadas”, y en parte deliberadas; y, según sus dinámicas propias y sus estados contextuales, viven procesos de estructuración y de transformación a lo largo de sus respectivas historias. Es por ello que en esa construcción también debemos poner en tensión nuestros vínculos, maneras de relacionarnos y hasta incluso propiciar el deseo, el respeto y la comunicación en nuestras relaciones, para permitirnos más responsabilidad afectiva y menos autoengaño o limitación de abrirnos al otro u otra, de sentirnos fuertes con la debilidad de saber que ese otro u otra que tantos nos conoce, ahora ya incluso nos puede desear tanto o más. 

 


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