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Se llevó a cabo en la Ciudad de Buenos Aires la reunión de los cancilleres de la Alianza del Pacífico y del Mercosur. Los mismos coincidieron “en la importancia de responder a los retos actuales, a través de la intensificación de los esfuerzos a favor del libre comercio y de la integración regional”. Los representantes del Mercosur con la presencia de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay y los de la Alianza del Pacífico que integran Chile, México, Perú y Colombia firmaron un comunicado conjunto en el que se comprometieron a "explorar acciones de interés común en el ámbito de la integración económica regional" y se obligaron, con una hoja de ruta a la vista, a profundizar el intercambio comercial.
Dicho así, esta reunión no pasaría de ser una aburrida crónica de un grupo de diplomáticos que, como dice Joan Manuel Serrat en Algo Personal, andan “rodeados de protocolo, comitiva y seguridad, y viajan de incógnito en autos blindados”. Pero por el contrario, estos burócratas representan un cambio de época en Latinoamérica. La ofensiva neoliberal que encarnan, que llegó enancada de la desestabilización institucional, la manipulación mediática, la mentira organizada y la colonización ideológica está dedicada a tiempo completo, a destruir los fundamentos políticos y económicos del modelo de integración regional construido en la última década. Tutelados por los ganadores de la globalización financiera, acechan al Mercosur y la Unasur hasta, de serles posible, cerrar las puertas de la historia a estas experiencias populares gestadas con lucidez y autonomía.
Fue a partir del año 2002 que el gobierno de los Estado Unidos, presidido entonces por el rudimentario George W. Bush Jr., comenzó con la implantación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), un proyecto de neto corte neoliberal cuyos objetivos iban, como siempre lo ha sido, mucho más allá de la simple imposición de mecanismos de liberalización comercial o financiera. Recordemos que esta iniciativa del gobierno norteamericano se dio en el contexto de un recambio de sus prioridades estratégicas que apuntaron, como ya es rutina, a reforzar su hegemonía sobre el nuevo orden internacional. En ese esquema de poder, América Latina siguió teniendo una importancia estratégica que Estados Unidos no descuidó en ningún momento.
Siguiendo la estela intelectual trazada por Samuel P. Huntington, el teórico del Choque de Civilizaciones, quien afirmaba que para sostener el carácter de potencia dominante era necesario “promover los intereses empresariales norteamericanos bajo los eslóganes del comercio libre y mercados abiertos y modelar las políticas del FMI y el Banco Mundial para servir a los mismos intereses”, el ALCA tuvo como objetivo declarado crear una zona de libre comercio desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Fue inocultable sin embargo la intención estadounidense de mejorar la competitividad de sus empresas mediante el control político, jurídico y militar de la región, para garantizarse así el acceso a las materias primas del continente y a la abundancia de mano de obra barata disponible. La desarticulación del Mercosur formaba parte de aquella avanzada neocolonial.
Sin embargo, como la historia no es lineal ni la fatalidad un destino inevitable, con proyectos y liderazgo político se pudo torcer el rumbo de los acontecimientos. Esto fue lo que aconteció en la inauguración de la IV Cumbre de las Américas, celebrada en Mar del Plata entre el 4 y 5 de noviembre de 2005. Allí el expresidente Néstor Kirchner, en presencia del presidente de George W. Bush Jr, respaldado por Lula da Silva y Hugo Chávez, resolvieron decirle NO al ALCA y con ese gesto casi inédito, sepultaban el modelo hegemónico y de subordinación que procuró imponerse.
Este fue el inicio de una etapa fecunda para la integración regional. Esta actitud de dignidad y valentía constituyó, no solo un rechazo al proyecto neoliberal continental, sino un nuevo y reconfigurado impulso al Mercosur que dio nacimiento a una novedosa institucionalidad como lo es Unasur y la Celac.
Pero la ofensiva neoliberal no se detuvo. En el 2011 surgió la Alianza del Pacífico, contrapeso del Mercosur y heredero menor del ALCA; una iniciativa de integración latinoamericana tutelada por Estados Unidos y pactada entre países que promueven el libre comercio. Sus objetivos pueden sintetizarse en la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas; ostenta una economía fuertemente extractivista y tiene el énfasis puesto, por la ubicación geográfica de los socios, en el área Asia-Pacífico.
Sin embargo, una de las tareas fundamental de la Alianza del Pacífico, es impedir la consolidación de los procesos de integración soberanos y autónomos como lo es el Mercosur. El Mercado del Sur es una experiencia proteccionista , que superó la faceta meramente comercial y aspira a una integración productiva. Tiene también fuertes compromisos con el multilateralismo, los derechos humanos, los valores democráticos y pretende construir una ciudadanía sudamericana alentando la diversidad cultural y étnica como también la integración social, ambiental y educativa.
En consecuencia, y a pesar de que en la reunión de Buenos Aires los cancilleres subrayaron que se trató de un encuentro con eje en lo comercial pero que no buscaron la unificación de los bloques es notorio que, los gobierno oligárquicos de Argentina, Brasil y Paraguay, han venido a tomarse revancha de la derrota sufrida por el ALCA y están facilitando el derrumbe del Mercosur y el fortalecimiento de la Alianza del Pacífico.
Lamentablemente este esquema que impulsan los gobiernos de turno, llevará inevitablemente a seguir profundizando la vulnerabilidad y la dependencia externa de nuestras economías, dinamizará una mayor concentración de la renta y consolidará una reprimarización de la matriz productiva, todo ello en desmedro del trabajo y la producción nacional.
Es necesario entonces desmontar el discurso de los sectores dominantes que buscan consolidar, mediante la falsa “convergencia” Mercosur – Alianza del Pacífico, un esquema de dependencia, desigualdad social y preservación de sus obscenos privilegios. Apelando a una estrategia de hechos consumados, los grupos oligárquicos de la región buscan legitimarse apelando al chantaje ideológico, secuestrando el sentido común cuando no, esgrimiendo una falsa superioridad moral o recurriendo a una brutalidad, apenas disimulada, de orden y respeto. Y como hemos aprendido que no hay separación entre lo privado y lo público, lo individual y lo colectivo, lo personal y lo político, es justo decir que, en versos de Serrat, “entre esos tipos y nosotros, hay algo personal”.