Columnistas // 2021-03-08
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Ni flores ni bombones


Yo crecí con Candela Sol Rodríguez en mi televisión y vi cientos de teorías conspirativas tejidas en torno a Ángeles Rawson. Escuché horrorizada la palabra “empalamiento” y luego cómo la justicia trataba de maquinar un consentimiento de Lucía Pérez con sus asesinos, solo por el hecho de que fue a comprar una chocolatada y facturas con uno de los que abusó sexualmente de ella y le dio cocaína hasta matarla, para luego arrojar su cuerpo en la puerta de un hospital y huir como un cobarde. Fui testigo, desde mi caja boba, de cómo desestimaron el femicidio y solo condenaron a Matías Farías y Pablo Offidani por comercializar estupefacientes.

Soy de las últimas generaciones que vivieron el acoso callejero-mal llamado piropo-como algo halagador, o callando porque si no lo aceptabas eras “una histérica”, o el varón que te decía alguna cochinada “podía volverse y hacerte algo”, por lo que bajaba la cabeza y seguía caminando, con catorce años, mientras escuchaba a algún hombre arriba de los cuarenta gritarme “cómo te cogería” o “lindo culo”.

Mis amigas y yo pasamos por situaciones en las que nos cosificaron, como tener que enviar fotos nuestras para ver si nos invitaban a una fiesta, porque a las gordas y feas no había que invitarlas, porque “no garpan”. Como persona que vivió ser la amiga gorda del grupo, recuerdo tener poco o ningún contacto con varones en una previa a pesar de estar sentada junto a ellos.  

Entré en una especie de rehabilitación alimentaria con el único objetivo de gustar a los varones, y lo peor es que ni siquiera eran varones que pudieran aportar algo significativo a mi vida. Mil veces entré a Tinder para sentir que valía algo, para ver cuántos me daban like y comprobar que era-soy-una chica linda. Muchas otras tuve sexo con varones que me desagradaban, por sentir que era sensual para alguien. Millones de veces me dejé besar por una persona que me maltrató, y yo volví ahí en repetidas ocasiones porque “después de él nadie me iba a querer”.

Escuché a amigas llorar porque les habían dicho que no podían tener sexo con ellas porque “eran muy flacas” o, al contrario, “unas gordas”, todas oímos el “putas aborteras” por parte de varones provida que saben mejor que nadie dónde conseguir pastillas para detener el embarazo cuando obligan a una chica a tener relaciones sin protección, o que son padres y deben meses y meses de cuota alimentaria, y ni hablar de los que se borran.

Recibí rosas y chocolate para el día de la mujer, leí el saludo en Facebook de mi compañero del secundario que me tocaba en clase y del que se burlaba de mi nariz y le decía “puta” a las chicas que hacían lo mismo que él con su vida sexual. Vi el mensajito en WhatsApp felicitando a las mujeres por nuestro día del mismo varón que legitima el machismo y minimiza la lucha feminista y me llegaron felicitaciones de la persona que sé que golpea a su pareja.

Nos felicitan por ser “la creación más hermosa de dios, fuente de vida” y no sé cuántas locuras más. Básicamente nos condecoran con flores y regalos por ser incubadoras con piernas y quienes atienden al varón, que “es quien debe proveer” según las abuelas y algunas jóvenes que siguen atrapadas en un loop eterno de “Las chicas del cable”.

Incluso el concepto moderno de “sugar daddy” legitima la conducta machista, así lo cante Lana del Rey o Cardi B. El solo hecho de que la economía propia dependa absolutamente de otra persona y que la forma de retribuir esta asistencia económica sea a través del sexo deja el camino libre al ejercicio de violencia económica y sexual por parte del “daddy” con su “baby”.

Como si fuera poco, en un intento marketinero de salvar el barco, vemos filtros en Facebook que dicen “nací para cuidar a la mujer, no para violarla ni matarla”. Perfecto, me encantó que hayas nacido para tratarme con el mismo respeto con el que se trata a otro ser humano, derecho básico según las Naciones Unidas. ¿No?

Mi familia se enoja cuando digo que no saludo por el día de la mujer. “Vos porque sos una feminista y no querés a los hombres”. Hoy no saludo porque no es un día para celebrar.

Hoy me duele el corazón, por Candela, Ángeles Rawson y Florencia Romano, por Lucía Pérez y Úrsula Bahillo y por los miles de mujeres que alguna vez recibieron una flor o un chocolate por el 8 de marzo de parte de sus abusadores para luego ser violentadas hasta la muerte.

Hoy grito por la justicia machista, por el “desahogo sexual” de Fernando Rivarola que justificó una violación brutal en manada y por “la chocolatada y las facturas”, por el “algo habrá hecho”, el “¿Qué tenía puesto?” y los chistes misóginos que escucho en los asados familiares que las mismas mujeres también festejan.

Hoy recuerdo todas las veces que sentí miedo saliendo o volviendo a casa, a toda hora. Recapitulo a mi yo de catorce años agachando la cabeza cuando un adulto me gritó “las cosas que te haría”.

Hoy protesto por la chica víctima de violación que conocí hace unos años, con el cuerpo lleno de heridas autoinfligidas y que no dormía ni de noche ni de día sin medicación porque soñaba con sus agresores.

Invito a nunca voy a olvidar a Wanda Taddei, a Nora Dalmasso y a Marita Verón. Hoy y siempre voy a seguir gritando los nombres de Natalia Melmann y María Soledad Morales, hasta que mis pulmones colapsen y mi garganta se desgarre.

En el día de la mujer no nos feliciten, no regalen flores, no nos festejen. Propónganse un minuto de silencio por cada víctima de femicidio en Argentina, y quizás se sorprendan de tener que estar callados semanas, o peor aún, meses.

Hoy se homenajea a todas esas nenas y mujeres que soñaban ser libres de camino a casa, no valientes, y sin embargo nunca llegaron a besar a mamá luego del colegio, a tomar mates y ver a sus hijos e hijas después del médico o a cenar al volver de la universidad.


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