Argentina // 2021-02-21
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Castillo de naipes o la vuelta a la presencialidad en la ciudad de Buenos Aires
Abrir las escuelas de cualquier forma y a como dé lugar, puede acarrear enormes males y consecuencias irreparables. Por eso es necesario un diálogo sincero, abierto y entre todos y todas. El gobierno de la ciudad construyó un verdadero “house of cards”, el problema es cuánto dura parado y qué hacemos si se derrumba.


Enero y febrero siempre nos encontró, hasta el 2019, discutiendo la agenda educativa: El comienzo de clases, los salarios docentes, duración del ciclo lectivo, entre otras cosas. Hoy, en medio de una pandemia, y después de un año entero de educación a distancia, la coyuntura nos exige discutir cómo se da la vuelta a la presencialidad en las aulas sobre todo en el nivel inicial y primario y los primeros años del nivel secundario. 

Todos y todas acordamos en algo: no hay libro, ni computadora, ni clase virtual que reemplace al y la docente en el aula. Por eso mismo la presencialidad no está en discusión, pero sí los modos en que las jurisdicciones llevan (o pretenden hacerlo) a cabo el regreso a las aulas. 

Y tenemos una obligación mayor porque estamos  discutiendo  algo inédito donde el eje está puesto en que la vuelta a las aulas no ponga en juego la salud de nadie. Todos los actores del sistema educativo manifiestan sus intenciones de volver a la presencialidad pero también tienen derecho a hacerlo sintiéndose cuidados y protegidos. Y éste, entonces, debe ser el eje de las paritarias nacionales y jurisdiccionales ¿cómo construir un regreso seguro a las escuelas? Sin embargo, en la ciudad de buenos aires, no hay espacio para el diálogo, pero sí para el marketing político y las puestas en escena. Tanto es así que Larreta y Acuña, en soledad, diagramaron un esquema de regreso a las aulas que es imposible de llevar adelante. Y, en las conferencias de prensa, han planteado “todos los chicos, todos los días, todas las horas” cuando la letra del protocolo que ellos mismos envían a las escuelas propone que la cantidad de chicos se evalúa  en función de la cantidad de m2 de cada aula; que la cantidad de días va a depender de la cantidad de chicos y burbujas que cada grado necesite armar y lo que la escuela pueda sostener en función de su plantel docente; y las horas se ven recortadas a horas cátedra y no reloj. 

Entre falacias, oportunismos políticos y consignas electoralistas

A nivel nacional el Ministerio de Educación generó consensos con las provincias y jurisdicciones del país para retornar, según cada jurisdicción y su realidad epidemiológica, a las clases presenciales. A nivel nacional el ministerio de educación genera marcos normativos junto al CFE para dar lineamientos generales acordados de manera federal y al mismo tiempo interpretar que cada provincia tiene necesidades distintas. 

Juntos por el Cambio, junto a sus medios de comunicación amigos, han hecho un movimiento al que nos tienen acostumbrados: instalar falacias. Vía redes, propusieron una falsa discusión sobre presencialidad sí o no, (toda su política se reduce a proponer grietas) y salieron con la consigna “abran las escuelas”. De este modo le atribuían al gobierno de Alberto Fernández, y a  los docentes de Ctera, una supuesta decisión de no retornar a la presencialidad. Así, los que redujeron el presupuesto educativo un 35% durante sus cuatro años de gestión del 2015 al 2019, ahora intentaron mostrarse como los defensores de la educación. Increíble pero cierto: Macri preocupado por la educación. En año electoral vende los espejitos de colores que más interés (le asesoran) despiertan en vastos sectores de la sociedad. No es casual que semanas atrás haya presentado la fundación que lleva su propio nombre y dice trabajar temas educativos. Fundación, como era de esperar, por ahora fantasma ya que no está inscrita en la IGJ y no está registrada como tal. 

Al mismo tiempo, Larreta, que disputa en su propio espacio con Macri en la carrera a candidato presidencial  para el ’23, propuso su consigna: “la educación es prioridad”. Los y las porteñas saben que en la ciudad, si una política pública no es prioridad, es la educativa. Desde el  2007 a hoy,  gobierna el mismo espacio político, y del 2009 en adelante el presupuesto educativo en la ciudad se redujo más de 10 puntos: del 28% lo llevaron a 17%, siendo hoy el presupuesto más bajo en la historia. 

El jefe de gobierno porteño junto a diputados nacionales como Maxi Ferraro, recorrieron la ciudad con la campaña “la educación es prioridad” siendo su jurisdicción la que, además del ajuste, no tiene ley de educación, ni de financiamiento educativo, ni de paritarias y se destaca por ser la ciudad más rica del país (y la más desigual, con un ingreso per cápita similar al de Madrid) con presupuesto para educación más bajo. 

Acuña por su parte cree que los docentes son sujetos fracasados, de bajo nivel cultural, viejos, pobres y “zurdos”. Eso piensa la ministra de educación porteña de los docentes. Parafraseando a Capusotto: “se cree jefa de un gremio al que detesta”. 

Si hacemos memoria sólo de los últimos 4 años, la gestión Macri a nivel nacional ha intentado poner de rodillas al sistema educativo: recortes presupuestarios y salariales; recorte de los programas nacionales socioeducativos, discontinuación del Conectar Igualdad;  desmembramiento de los equipos técnicos, capacitadores y los programas de formación docente. En definitiva, su política global para la educación fue destruir la educación pública, privatizar el acceso, mercantilizar el conocimiento y sacarle a la escuela su rol de igualador social. Del 2015 al 2019, han instalado que la sociedad se divide entre “exitosos y fracasados” y que depende del esfuerzo personal de cada sujeto ponerse de un lado u otro de la vida. Su intento de desguazar y desmantelar el sistema educativo tiene como objetivo que la escuela sea el lugar donde las desigualdades sociales lejos de poder ser transformadas sean legitimadas, naturalizadas y aceptadas.  

Dicho todo esto, claramente Juntos por el Cambio instaló una falacia: que el gobierno nacional no quería volver a la presencialidad en las escuelas, viendo allí una oportunidad para hacer campaña y formular consignas electoralistas. Lamentable el papel que juega ésta parte de la oposición desde la asunción de Alberto y Cristina. La oposición construye relato bajo la lógica de la posverdad, que se podría explicar más o menos así: si el gobierno nacional abre las escuelas, declaran que “no nos cuidan”. Si no abre, van a decir que deben abrir. Y si finalmente abre las escuelas, van a decir igual que no quiere abrir y pedirán que abran. Su odio hacia el peronismo, su amor hacia el libre mercado y el desprecio por lo público como motor de oportunidades e igualdades, los encuentran haciendo tristes papeles, pero también graves y peligrosos, cuando producen subjetividades y sentido común. Como oposición política no trabajan más que para poner palos en la rueda y generar odio y zozobra contra la coalición gobernante en una parte de la sociedad.  



 

Un retorno inseguro, sin diálogo y sin consenso en la comunidad

La destrucción del sistema educativo en la ciudad de buenos aires, la quita de fondos para arreglos edilicios, la falta de inversión en infraestructura escolar (destinando esos fondos para negocios inmobiliarios millonarios), la falta de personal docente y no docente, sumado a la escaza o nula llegada de elementos de protección y suministros de higiene y limpieza necesarios para cumplir el protocolo sanitario, generan las condiciones de una presencialidad poco segura, muy poco cuidada y pensada a muy corto plazo desde el ejecutivo, que sólo deseaba la “foto” del comienzo de clases.  

La pandemia, siempre lo dice el presidente, nos ha enseñado muchas cosas, una de ellas, es que, como dice Alberto, “las sociedades más ricas hoy no son las que encuentran petróleo, sino las que desarrollan la educación, la ciencia, la inteligencia de mujeres y hombres para el avance y el desarrollo”. Lamentablemente no estamos pudiendo discutir esto que Alberto nos propone. ¿Por qué? Porque todavía estamos discutiendo condiciones mínimas de trabajo: por ejemplo, si en medio de una pandemia, en la ciudad más rica, tenemos alcohol en gel o si faltan mascarillas para los docentes; si se cae un techo, un ventilador o qué se hace con las plagas de cucarachas y roedores. La política educativa en caba nos lleva a tener que discutir principios básicos para la vida de los y las trabajadoras como así también de nuestros y nuestras estudiantes. 

La pandemia tendría que ser la excusa perfecta para discutir didáctica y pedagogía, ciencia, tecnología y producción de conocimiento escolar; para refundar aspectos educativos y/o recuperar otros; repensar la gradualidad del sistema escolar y los multigrados; discutir qué matemáticas para qué niños; reflexionar sobre qué escuela para qué desarrollo y para qué país; ¿cómo ponemos en valor la producción de conocimiento que realizan y realizaron los docentes en todo este tiempo?; evaluar nuestras prácticas en función de los chicos que llegan a las escuelas, qué necesitan y qué van a necesitar las nuevas generaciones; ¿cómo trabajar con niños que ingresan a primer grado sin haber pasado por el nivel inicial?; ¿cómo alfabetizamos en estos nuevos escenarios, cambiantes dinámicos y complejos, en un mundo mediatizado por una pantalla?; ¿cómo nos revinculamos y qué adecuaciones curriculares hacemos luego de un año de educación a distancia? En fin, un conjunto de aspectos que los y las docentes y la educación necesita repensar más allá de esta coyuntura. Porque en algún momento la pandemia va a pasar, y será un gol en contra si, una vez todos vacunados, la escuela pos pandemia es la misma que dejamos en el 2019. 

Abrir las escuelas de cualquier forma y a como dé lugar, puede acarrear enormes males y consecuencias irreparables.  Por eso es necesario un diálogo sincero, abierto y entre todos y todas. El gobierno de la ciudad, ya se dijo anteriormente, armó un verdadero “house of cards”, el problema es cuánto dura parado y qué hacemos si se derrumba. En una ciudad con una alta circulación comunitaria del virus según el semáforo epidemiológico del CFE, con el personal docente y no docente sin vacunar y la comunidad educativa llena de temores y dudas, abrir de forma apresurada no parece ser una buena opción. La apuesta por el diálogo y la no confrontación, llevó al ministro de educación nacional a ratificar la postura del gobierno porteño, cuando tal vez hubiera sido más conveniente que fuera quien llevara a cabo una mesa de trabajo entre su par de ciudad, los docentes, estudiantes, cooperadores y familias. 

Volver requiere un debate serio y apertura a un diálogo sincero donde estén involucrados todos los actores de la educación: docentes, familias y estudiantes. Este llamado al diálogo es dar la posibilidad real de que la comunidad educativa haga propio y debata el regreso a las aulas, ahuyente los miedos que genera y proponga alternativas enriqueciendo y fortaleciendo el hecho de que la escuela pública es de todos y todas pero también es con todos y todas.  Todavía estamos a tiempo de generar los consensos necesarios y discutir una situación tan delicada como la que estamos atravesando. El regreso a clases es un camino a construir, ejercerla de arriba hacia abajo parece ser contraproducente.

La comunidad educativa está abierta al diálogo, elaborando propuestas y alternativas. Las y los docentes estamos en las aulas. Con el compromiso que nos caracteriza y la voluntad de ejercer la profesión que nos enamora: dar clases, enseñar y aprender con los estudiantes. Nosotros y nosotras queremos empezar las clases. El gobierno de la ciudad, hasta ahora, parece que no. 

 


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