Argentina // 2020-12-31
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Cortázar, el del amor y los cronopios
Uno de los conceptos más misteriosos planteados por el escritor fue el cronopio. Ese ente con nombre, pero sin forma, tan fácil de definir y tan difícil de imaginar. Los cronopios y el amor están estrechamente ligados entre sí, al punto que uno solo puede darse necesariamente a través del otro.

“Mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”. Foto: LATERCERA

Cuando se busca cronopio en Google, lo primero que aparece fue “seres verdes y húmedos”. Sin embargo, al ir al fondo del artículo, hay una definición más precisa y aún más satisfactoria; “una criatura idealista, sensible e ingenua”.

Con el tiempo, esta extraña palabra dejó de ser un sustantivo y pasó a la categoría de adjetivo, reservado para personas a las que uno admira, una mención honorífica de los bohemios, un sir de los soñadores pero menos genérico, ahí radica su belleza.

Julio Cortázar vivió entre fronteras desde pequeño: de Bélgica a Suiza, de ahí a Argentina y de Argentina al mundo. Quizás fue la noción del caos más allá del propio terrario lo que le permitió volar sin boleto y mirar su Buenos Aires con ojos de turista.

Tal vez fue el sentirse ciudadano del mundo y no de una porción de tierra, lo que lo llevó a México, Francia, Buenos Aires e incluso Cuba, en forma literaria y física, a veces una, a veces otra.

Su vida fue una rayuela, siempre saltando, entre intelectuales y burros, con su español deformado y un Gauloises en la boca, desafiando barreras variopintas como la de la puntuación, la censura gubernamental o los contratos escritor-lector.

“Mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas” se excusaba.

De vuelta al cronopio: criatura idealista, sensible e ingenua. Si los cronopios fuesen personas, serían Oliveira y la Maga, protagonistas de Rayuela (1963). Oliveira es el idealista, la Maga es sensible e ingenua, y con el tiempo se entiende qué era lo que los unía, o algo así.

Oliveira era un intelectual, y los intelectuales necesitan el calor que otros como ellos no saben dar, la cruda ternura fuera de toda racionalidad que ni Jane Austen, con su romance victoriano, pudo retratar.

La Maga está enamorada de Oliveira porque bueno, ella se maravilla con sus reflexiones enrevesadas y soliloquios increíbles sobre el bien y el mal y la vida cotidiana. Ambos se sacan del tedio de sus aconteceres, del discomfort en la propia piel.

La Maga es a Oliveira lo que el paraguas roto es a la Maga; Oliveira reconoce que la Maga no sabe mucho y tampoco es muy astuta, pero se queda con ella. La Maga sabe que el paraguas no sirve de mucho, que es un harapo, pero lo conserva, o algo así.

Oliveira y la Maga son Cortázar, buscando belleza en la cotidianeidad, o cotidianeidad en la belleza. Cortázar es un cronopio. Idealista como cuando denunciaba injusticias en sus cuentos dejando al culpable a la interpretación del lector, como en Casa tomada; ingenuo, como cuando quiso relatar peleas de boxeo con su español afrancesado, y sensible como lo ven en sus cartas reprendiendo a Alejandra Pizarnik desde el más profundo amor.

Julio Cortázar era, es y siempre será un cronopio, el cronopio mayor.


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